Mirar o no mirar

Lo he visto en el referente (No es ni mucho menos mío):

Acabo de retornar de un roadtrip veraniego. Bien morenito, bien comidito, bien bebidito. Yuju. Temática costera a más no poder: Costa Brava, Costa Dorada y Costa del Sol. Yupi. Obsesión pueblerina a raudales: Cadaqués, Begur, Empuriabrava, Deltebre, Almassora, Corbalán, Albarracín, Tavernes, Cullera, Cirat. Yeah.

Durante mi expedición playera me he ido topando con pequeñas grandes diferencias que han hecho de cada sitio un sitio único en sí mismo, pero hay dos cosas que se me han aparecido como boyas en el mar, como faros en la niebla, con llamativa recurrencia:

1. Las raciones de chopitos. Vayas donde vayas, no fallan. Las encuentras hasta en Pakistán.

2. Mujeres con los pechos al aire.

Espero que nadie se sienta ofendido porque no es la intención, pero centrémonos en este último punto que del primero estoy saciado ya y del segundo no se sacia uno nunca. Mujeres, sí, con las teticas, sí, al aire, sí. Mujeres de todas las clases y edades con los pechos a merced de la gravedad, mujeres sin tapujos luciendo sin pudor unas veces tablas de planchar y otras ubres como globos aerostáticos, mujeres en remojo sin más flotador que ese binario sistema planetario regido por el libre albedrío y el divorcio del sostén.

Aunque desde que los torreznos se apoderaron de mi cintura no soy excesivamente partidario del nudismo propio sí lo soy mucho del ajeno, es decir, que cada uno exponga el porcentaje de fisionomía corporal que le venga en gana. Para mí es igual de respetable plantarte en el chiringo cubierto con una sábana  que recorrerte el Cabo de Gata vistiendo únicamente una berenjena en la coronilla.

Sin embargo, que mi cabeza sea filosóficamente indiferente de ir por ahí con las pechugas o el ciruelo al descubierto parece no significar que mis ojos lo sean también. Desertando de mis ideales, cada vez que entraba en mi campo de visión un busto femenino desbolingao, ahí que recaían ellos. Esta inspección de voluptuosidades no tenía nada de morboso o de feria, los pensamientos impuros quedaban bien mudos, pero chico, no se sabe por qué, uno muchas veces mira donde no debe.

Al principio todo bien, pero acabó por convertirse en una tortura. Intentaba leer y «al volver del baño, buscó enchufes para… mira, unas tetas… recargar sus distintas… mira, unas tetas… baterías y tiró la… mira, unas tetas… chaqueta sobre… mira, unas tetas… la cama». Lo intentaba con la carta del restaurante y «chopitos, calamares, tetas, sepia, mejillones, tetas, berberechos, tetas, almejas, tetas, boquerones, tetas, tetas.» Me sentaba a ver la puesta de sol y «oh, qué bonito, qué bello, qué hermoso, qué tetas».

A pesar de todo no fue tan infernal, eran pechos desconocidos de caras desconocidas, así que si me pillaban mirando sentía una vergüenza desconocida que, por lo tanto, pronto olvidaba. Es imposible recordar lo que uno no conoce.

Pero me junté con unos amigos. En una casa alquilada. Y todos practicaban el nudismo. Glubs. Y cuando una de las chicas se me acercó sin la parte superior del bikini para pedirme fuego, dudé. ¿Qué hago, miro o no miro? ¿Miro o no miro?

Porque si miras puede parecer que eres un salido, pero si no miras puede parecer que te sientes violento y que eres un carcamal. Finalmente, intenté una maniobra ocular diplomática pero imposible: mirarle a la cara con el ojo izquierdo y al pecho con el derecho, lo que me hizo perder el foco y prenderle no el cigarro sino un mechón de pelo. Un desastre.

La curiosidad nos puede. La necesidad de saber también. Y miramos. Un eclipse de sol, un atropello, cómo bullen los espaguetis o unos senos sin cubrir. Recomiendo llevar siempre encima unas bonitas y oscurísimas gafas sol.

Y a pasarlo teta.

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